Querida Savannah.
- 15 jun 2017
- 3 min de lectura
Querida Savannah. Todavía puedo recordar aquel primer… en que te conocí. Aquel primer día en que vi esos ojos azules , que se volvían cafés, que se volvían verdes, que se volvían negros… aquellos ojos a los cuales cualquier persona podía mirar y moriría en el intento de descifrar que es lo que ocultaban. Ojos que más claros que el agua de un largo, te penetran y dejaban en ti una sensación de culpabilidad y miseria, ojos que no tenían esperanzas o tan solo señales de fe. Veía y observaba como todos se alejaban de ti, como nadie se te quería acercar o simplemente como eras ignorada. Recuerdo que tenías esa fea blusa azul y te acurrucabas en tus brazos para intentar no congelarte. Desde el primer momento me pareciste una persona exótica, eras tú. Tú rondabas en mi cabeza día y noche, tú me dejabas como loco en cuanto decía que existía tal belleza.
Tan vanidosa, tan peligrosa, tan natural y tan perfecta. Podíamos pasar horas mirándonos y ninguno de los dos era capaz de decir tan solo una palabra. Nuestros ojos, recorriendo nuestro cuerpo, nuestra mente imaginando nuestra personalidad, nuestra boca, cerrada, gritando al cielo lo mucho que nos necesitábamos y nuestros corazones, unido por destinos diferentes pero que a la misma vez llegarían al mismo lugar…. La muerte, purificando nuestra alma.
Nunca ninguno de los dos espero más del otro. Siempre sería lo mismo y siempre creímos que sería así. Uno sentado en frente del otro, en la calle 32, cada viernes. Sin escuchar nada; los carros, las personas, los pasos o los ladridos de los perros. Sin escuchar nada, que no fueran nuestras miradas que al juntarse lo decían todo, que al juntarse podían saber más que un diccionario o simplemente amarse más que romeo y Julieta. Ojos… que al juntarse hablaban por si solos y decían, todo lo que el alma callaba.
Éramos dos extraños que en el fondo se conocían perfectamente. Yo, un millonario infeliz sentado en una avenida observando a la mujer que nunca seria mía y tu… una vagabunda feliz sentada en su casa, una avenida, observando a un hombre que se sentía miserable al no observarte pero afortunado cuando te tenia. Exactamente ese tipo de extraños, desconocidos, salvajes e impotentes que nunca podrían ser felices y que no se arriesgaban, queriendo estar unidos mediante una comunicación que no existía… una comunicación muda… o tal vez sería… una verdadera conexión de corazones en las cuales no existían las críticas de qué lugar proviniera la persona, como fuera o que seria. Lo nuestro mi amada Savannah era mucho más de lo que cualquier hombre pudiera pedir, lo nuestro, era una historia de dos, una historia de hierro…
Capaz mi error fue jamás demostrar mi afecto por ti… capaz mi error fue ese silencio en el cual los dos descansábamos en paz, mi error fue dejar que la paz calmara la guerra de nuestros corazones intentando amarse con dolor.
Tú… seguías tranquila observándome.
Yo, moría porque algún día hicieras algo que no fuera tocarte los labios y quemar mis ojos con los tuyos.
Fuiste mi cambio de ver el mundo, tal vez no cambiaste la vida de todos, pero si cambiaste la mía y ahora, tú lejos y yo cerca, jamás podrás saber cuan agradecido estoy por eso.
Savannah… tú allá arriba, yo aquí abajo, te soy sincero. Mi salvación era morir, pero tú terminaste matándome con el golpe más duro, me enseñaste a vivir. Contigo descubrí cosas que jamás ninguna otro chico tendrá, contigo pude comprender lo que es la felicidad y lo que es amar en silencio, contigo fui feliz, contigo desee hacer cosas a las cuales no quería que nadie más llegara. Contigo yo quería mi vida, contigo tuve mi vida, junto a ti me quitaste la vida.





Comentarios